Introducción
En 2005, Cristina Palomar, en su trabajo sobre los discursos de género en Los Altos de Jalisco, identificó tres elementos fundamentales que han moldeado la identidad de los alteños: la arraigada idea de un origen étnico europeo (criollo) común, una marcada personalidad ranchera y su ferviente religiosidad católica.1 Los tres son rasgos ligados entre sí, no los podríamos concebir uno sin el otro y están, todavía, muy presentes en amplios estamentos de la sociedad. El alteño es de origen criollo y como criollo es ranchero y, por ende, sumamente católico.
La aparición de nuevos investigadores alteños con perfil profesional, el mayor acceso a otras fuentes de consulta por la digitalización de acervos y el genuino interés de un sector de cronistas locales por aportar nuevos hallazgos han provocado que desde hace un par de décadas la historia de Los Altos de Jalisco, en especial la de la etapa novohispana, se encuentre en plena reconstrucción.2 Los nuevos esfuerzos para una reescritura de las historias alteñas buscan, en su objetivo primordial, provocar un cambio de paradigma en alguno de estos tres elementos que por siglos han forjado la identidad alteña.
El primer aspecto, el origen criollo, es una creencia que, aunque desmentida por estudios histórico-demográficos recientes, aún permea en ciertos círculos de intelectuales locales. En Los Altos abundan “[n]ovelas, monografías, historias orales y [ahora] publicaciones virtuales [que] resaltan la raíz criolla de la región como un elemento distintivo” frente a otros territorios.3
La “personalidad ranchera” y la “ferviente religiosidad” de los alteños son, por el contrario, realidades histórico-culturales que, aunque verídicas, han motivado una visión uniforme de la región y de lo que significa ser “alteño”. En ocasiones, esta visión estereotípica y generalizadora de Los Altos de Jalisco ha desincentivado análisis más detallados sobre los diferenciados procesos históricos al interior de la región. En este trabajo me interesa alejarme de la idea de una región homogénea y estudiar de manera comparativa los momentos fundacionales de la “ferviente religiosidad alteña” en tres de sus históricas parroquias: Lagos, Jalostotitlán y Teocaltiche. Mi objetivo central en este texto es analizar los cambios y las continuidades en el panorama devocional en esas tres jurisdicciones eclesiásticas durante la época novohispana.
Para cumplir el propósito del trabajo, fue menester buscar en los documentos de archivo cualquier aspecto que refiriera algo sobre el ambiente devocional en las tres parroquias. Me dediqué a rastrear qué tipo de imágenes de culto existían en las capillas de los hospitales y las iglesias parroquiales de la región y también a qué advocaciones los alteños buscaron erigirles cofradías, celebrarles fiesta y levantarles una capilla o templo. Aunque entiendo que por ser vecinos los tres curatos alteños sufrieron procesos históricos similares a lo largo de la etapa virreinal, busqué dar mayor énfasis en sus diferencias por ser, en palabras de Marc Bloch, “el más importante objetivo del método comparativo”.4
Dado su carácter como fuente recurrente, sistemática y que otorga datos comparables en amplios periodos, construí este trabajo, principalmente, a partir del análisis de seis visitas pastorales realizadas en la región alteña entre 1648 y 1800.5 En la mayoría de ellas los obispos de Guadalajara dieron cuenta de “las características geográficas, la dedicación económica de la población, su densidad y [la] organización política” en sus jurisdicciones.6 Por su naturaleza periódica, las visitas pastorales también resultaron ser una fuente idónea para vislumbrar en la larga duración “aspectos sobre la práctica religiosa y otras cuestiones de la vida cotidiana” en las tres parroquias alteñas.7
Fue relativamente fácil notar que en las visitas “lo devocional” se reflejaba en tres elementos clave: los espacios de culto, las imágenes y las cofradías. Durante sus recorridos, los obispos registraban los templos, su titularidad y, en menor medida, las imágenes veneradas en ellos. También documentaban rigurosamente cada cofradía, sin importar la filiación étnica, dentro de las comunidades parroquiales.
Las cofradías, como veremos más adelante, eran asociaciones laicas fundadas con fines religiosos, pero que también desempeñaban funciones socioculturales y económicas. En Nueva Galicia y, en particular, en la región alteña hay pocos estudios sobre estas agrupaciones. Entre las investigaciones más relevantes están la de Ramón Goyas, que analiza las cofradías en todo el reino, y la de José Manuel Gutiérrez, centrada en la región alteña.
Goyas subraya su papel clave en la economía y la tenencia de la tierra en las comunidades indígenas neogallegas.8 Gutiérrez, por su parte, las presenta como espacios donde los indígenas alteños podían mantener cierta autonomía, resistir el control de las autoridades y conservar prácticas devocionales sincréticas o alejadas de la ortodoxia cristiana de la época.9
En este trabajo, sin embargo, me enfoco en las cofradías alteñas como facilitadoras en la instauración, el arraigo y la transformación de las figuras devocionales en la región. Al analizar las cofradías, los espacios y las imágenes de devoción, busco responder a qué vírgenes, santos y devociones cristológicas veneraban los habitantes de Lagos, Jalostotitlán y Teocaltiche en los siglos XVII y XVIII. Además, considero que estos tres curatos ofrecen una muestra representativa para comprender la formación de las “religiosidades locales” en Los Altos de Jalisco.10
Las tres parroquias: de su fundación a mediados del siglo XVII
Desde 1542, con la fundación del convento de Juchipila y el fin de la sublevación del Mixtón, hasta 1550, los pueblos alteños fueron “atendidos” espiritualmente por frailes franciscanos. El descubrimiento de las minas zacatecanas en 1546 aceleró la colonización en Los Altos y ello tuvo consecuencias en su administración religiosa. En 1548 se fundó el obispado de la Nueva Galicia, con sede en Compostela y luego en Guadalajara.11
De la mano de dicha institución se darían los primeros pasos para una primigenia secularización en ciertos lugares del nuevo reino, entre ellos, los actuales Altos de Jalisco. Por decreto de Pedro Gómez Maraver, obispo fundador de la diócesis, se crearon en 1550 los primeros curatos en los territorios caxcanes y tecuexes: Jalpa, Nochistlán, Tlaltenango y Teocaltiche.12 Este último se conformó como la jurisdicción parroquial que aglutinaría a los pueblos de indios de la meseta alteña, pero pronto sufrió dos escisiones que mermaron su territorio y su influencia en la región.
La primera sucedió en la década de 1560 cuando, al fundarse la villa de españoles de Santa María de los Lagos y después erigirse como parroquia y alcaldía mayor, ésta desplazó en importancia clerical y civil a Teocaltiche.13 La segunda ocurrió en octubre de 1571, año en el que por decisión episcopal se creó el beneficio de los tecuexes, una parroquia que tendría su sede primero en Mitic y después en Jalostotitlán; abarcó, también, a los pueblos de indios de San Juan, Mezquitic, San Gaspar, San Miguel y Teocaltitán de Santiago.14
Las tres parroquias tuvieron inicios complicados por el asedio de los chichimecas. En 1572, el obispo Gómez de Mendiola describió a Teocaltiche y Mitic como “tierra[s] de guerra”, donde los indios y estancieros europeos sufrían constantes ataques. En Lagos, los vecinos españoles también apenas sobrevivían en “toda aquella tierra alborotada” debido a los asaltos de los rebeldes.15
Al iniciar el siglo XVII, el ambiente en la región alteña cambió radicalmente. El fin de la guerra chichimeca y la pacificación del territorio favoreció la explotación minera zacatecana. La necesidad de insumos para el real minero permitió que los estancieros españoles alteños prosperaran y la región mostrara un gran potencial agroganadero. Según el obispo Mota y Escobar, a inicios de la centuria el beneficio de los tecuexes contaba con “llanos muy fértiles de pastos donde repasta[ba] [una] gran suma de ganados mayores de las estancias”. En Teocaltiche, había “diez o doce haciendas de labranza de españoles y también de crianza de ganados”. En Lagos, la mayoría de las viviendas era de adobe y residían entre “quince a veinte vecinos españoles, gente rica los más de ellos”.16
Demográficamente, Los Altos se convirtió, poco a poco, en una región multiétnica con mayoría indígena. A inicios del siglo XVII, en las estancias españolas radicaban, además de los patrones, numerosos esclavos e indios laboríos dedicados al trabajo agrícola y doméstico. Para mediados de la centuria, el 57 % de la población del curato de Jalostotitlán eran indios que vivían en sus pueblos, mientras que en estancias y ranchos residía un 9 % de españoles, el 8 % de mulatos, otro 8 % de indios laboríos y un 3 % de mestizos.17 En la parroquia de Lagos, aunque era villa de españoles, la situación no era muy distinta. Mario Gómez Mata, tras revisar 114 registros bautismales de las primeras cuatro décadas del siglo XVII, encontró que el 60 % de los niños nacidos en Lagos eran indios, el 17 % españoles y otro 10 % mulatos.18
Las sedes parroquiales de Jalostotitlán y Teocaltiche, como pueblos de indios, eran, en esos años, escenarios temporales de confluencia de los diferentes habitantes de la región. Los indios, residentes permanentes de estos lugares, debían compartirlos con los españoles, los mulatos y los mestizos de las estancias cuando éstos acudían a la parroquia para cumplir con sus compromisos espirituales. En Teocaltiche, por ejemplo, los españoles debían ir al pueblo de indios para asistir a “misa y […] recibir los sacramentos”.19 La cotidianidad de los habitantes de los demás pueblos de indios, aquellos que no eran sedes parroquiales, transcurría sin ser mayormente “inquietada” por los españoles. En algunos de ellos la presencia del cura u otro ministro era, incluso, esporádica.
La parroquia de Lagos, como asentamiento español y parte del camino que llevaba de México a las minas de Zacatecas, tuvo mayor dinamismo económico y social. En la villa laguense se comerciaban “todos los géneros de ropa, aceite, vino, vinagre, pasa y almendra” que llegaban desde la capital virreinal.20 San Juan de la Laguna y Moya, asentamientos indígenas del curato, igualmente alejados del trajín de su sede parroquial, conservaban sus propias dinámicas sociales, económicas y religiosas.
En 1623, en medio de un conflicto entre el cura de Jalostotitlán y los naturales de su jurisdicción,21 una imagen de la Inmaculada Concepción que se guardaba en la ermita del hospital del pueblo de indios de San Juan resucitó, milagrosamente, a una niña volantina. El posterior éxito de la advocación sanjuanense atrajo devotos y también riqueza. En 1633, en pleno auge inicial del culto, el entonces cura de Jalostotitlán, Diego de Camarena, solicitó a la Audiencia de Guadalajara el permiso para que españoles residieran en el pueblo. El motivo esencial, esgrimió el clérigo, era que los indios residentes eran insuficientes “para la guarda de la iglesia, plata y joyas que en ella había”.22
Tras la aprobación del permiso, estancieros españoles, como Gerónimo de Arrona y Lázaro Martín del Campo, comenzaron a edificar sus casas en el pueblo de indios.23 Trasformado para mediados del siglo XVII en un santuario mariano de gran calado, en San Juan se fueron estableciendo, además de los estancieros, “grupos de comerciantes”, artesanos y trabajadores de diversa índole.24
La “españolización” sanjuanense abrió la puerta de los pueblos de indios alteños para los estancieros hispánicos. Sin embargo, tuvo efectos diferenciados en su propia jurisdicción. Jalostotitlán, quizá por ser ya la cabecera parroquial, comenzó a sufrir una españolización, aunque menos acelerada que en San Juan, a finales del siglo XVII.25 Los pueblos de San Gaspar, Mezquitic, Mitic, San Miguel y Teocaltitán, por el contrario, se mantuvieron como poblaciones esencialmente indígenas.
A mediados del siglo XVII en la región alteña existían, entonces, cuatro realidades socioespaciales distintas. Las de los pueblos de indios que no eran cabeceras y que mantuvieron su esencialidad indígena dentro de sus fundos legales. La de las estancias españolas, convertidas en los espacios con mayor diversidad étnica de Los Altos, en las que residían indios laboríos, mulatos libres, esclavos y, por supuesto, los propietarios.26 Luego estaban las sedes parroquiales que, por ser los centros religiosos y administrativos, fungieron como entes aglutinadores temporales de los distintos grupos sociales de su jurisdicción. Finalmente, el pueblo de San Juan, en el que tempranamente coexistieron indios y españoles en un mismo escenario por la fama de su virgen. Ése era el paisaje sociocultural que se encontró el obispo Juan Ruiz Colmenero en su visita episcopal en diciembre de 1648.
Los espacios de devoción alteños en la visita de Ruiz Colmenero
En junio de 1648, el obispo Juan Ruiz Colmenero, recién llegado de España, emprendió la visita episcopal a su diócesis, que culminó hasta septiembre de 1649, un viaje en el que “ni el más insignificante poblado quedó sin ser pastoralmente visitado”.27 En su recorrido, observó un obispado parcialmente evangelizado con problemas de control catequístico y clerical en el norte y las serranías.28
Famosa por registrar las más de 70 lenguas y dialectos que se hablaban en el entonces obispado de Guadalajara, la visita de Colmenero desapareció en los inicios del siglo XX. José Manuel Gutiérrez Alvizo, historiador y presbítero, ubicó recientemente la parte de la visita correspondiente al territorio de los actuales Altos de Jalisco.29 El documento, ahora publicado, es un valioso testimonio del “estado” material y devocional de los asentamientos alteños hacia mediados del siglo XVII.
Una de las principales preocupaciones del prelado y sus covisitadores era conocer el estado físico de capillas, templos y hospitales de su jurisdicción. En Los Altos, la comitiva se encontró con tres tipos de espacios devocionales: las capillas rurales privadas, las iglesias parroquiales y los hospitales de indios. Los espacios menos relevantes eran las capillas rurales. En ciertas estancias, haciendas y ranchos existían oratorios o capillas que funcionaban como recintos temporales donde los curas administraban los sacramentos a los residentes. Estas capillas eran privadas, pues estaban en tierras del dueño de la propiedad y funcionaban gracias a una licencia episcopal.30
Los principales lugares de culto eran las parroquias, que fungían como las sedes oficiales de las actividades religiosas y administrativas. En la visita pastoral de 1648, las parroquias de Jalostotitlán, Teocaltiche y Lagos se describieron como edificios sencillos de adobe y madera, con detalles de mampostería. Algunos se encontraban en plena renovación o se construían otros mejores.
En Lagos, se levantaba un nuevo templo parroquial para remplazar al anterior. El prelado, sin embargo, mandó que a la par se reparara el antiguo, ya que todavía servía para las funciones.31 Algo similar sucedía en el vecino pueblo de San Juan, donde la fama de su milagrosa virgen llevó a la necesidad de edificar un santuario, y que a la llegada de Colmenero se le construía el altar mayor y los dos colaterales.32
Los espacios devocionales más numerosos en la región eran las capillas de los hospitales de indios. La mayoría de ellos fundada un siglo antes durante el proceso franciscano de evangelización.33 En la visita de Ruiz Colmenero fueron descritos como lugares austeros y con ornamentos muy sencillos, aunque bien aderezados para sus funciones. La capilla del hospital de Mitic, antigua sede parroquial, era toda de mampostería y, “aunque maltratadas”, contaba con dos portadas de sillería.34 Más humilde quizá era la de Mezquitic, pueblo cercano a San Juan, donde los indios llevaban a cabo sus actividades en un “local cubierto de paja”, pero con “llave y puertas”.35
Los hospitales de los pueblos de indios eran edificaciones básicas; sin embargo, cumplían con múltiples funciones en el ámbito comunitario. Se erigían, en primer lugar, por ser un importante instrumento para combatir las epidemias que azotaban constantemente a los asentamientos indígenas.36 Con el tiempo también figuraron como los únicos centros de enseñanza y para el recogimiento cristiano de los naturales.37
Por ser uno de los pocos edificios de uso público de los pueblos, los hospitales también fueron utilizados como hospedería. Pero el poco control que existía sobre ellos daba lugar a ciertos abusos. En el de San Juan, por ejemplo, los cuartos se quedaban cortos ante la llegada de cientos de devotos para ver a su imagen milagrosa. Algunos visitantes, “de todas suertes”, terminaban por quedarse a dormir en la capilla del recinto. El obispo Ruiz Colmenero se escandalizó de ello y prohibió, bajo amenaza de excomunión, que se pernoctara en dichas capillas.38
Además de todos esos usos “prácticos”, los hospitales de indios alteños fueron también “una institución en [la] que se cristalizaba el espíritu comunitario de los grupos indígenas y el proyecto fundador de nuevas cristiandades”.39 Dentro de sus paredes se congregaban los naturales a rendir honores al patrón o patrona del pueblo, generalmente a través de la fundación de cofradías, asociaciones que surgieron en la mayoría de los asentamientos de indios alteños durante el obispado de Rivera y Pareja (1618-1629), pero que en 1648 continuaban sin estar completamente institucionalizadas ni bajo control del obispado, lo que explicaría su ausencia en la visita pastoral de ese año.40
Finalmente, estos espacios también albergaban imágenes que, sin tener un título patronal, despertaban, en ciertos casos, un mayor grado de devoción. Los hospitales y sus capillas eran, entonces, el centro de un alarde festivo-religioso que venía casi siempre acompañado de música, danza y comilonas que, por sus gastos considerados excesivos, las autoridades intentaban reprimir sin éxito.41
De los patronos a la Purísima Concepción: las imágenes de devoción en 1648
Dar a una comunidad un patrón, o una patrona, era una tradición presente desde el cristianismo románico. Los santos patronos fueron el instrumento predilecto de la Iglesia católica occidental para generar “nuevas formas de cohesión” en las colectividades.42 Se trataba de dotar a los pueblos de guardianes celestiales a los cuales se acudía frente a las calamidades en espera de un milagro. En la Nueva España la designación de un protector dependió de las instituciones eclesiásticas.43 En Los Altos, los franciscanos, primeros evangelizadores de la región, fueron, seguramente, quienes desempeñaron ese papel.
De las diez comunidades que visitó Juan Ruiz Colmenero en 1648, correspondientes a las tres parroquias de este estudio, la mitad mantenía a un santo como su patrón “oficial”.44 La iglesia de Teocaltiche, cabecera parroquial, estaba dedicada a san Pedro. Teocaltitán, pueblo perteneciente a Jalostotitlán, tenía como titular a santo Santiago. El hospital de San Juan, como su nombre lo indicaba, apelaba al Bautista como su protector. El de San Miguel se acogía al cuidado de dicho arcángel, aunque también llevaba el título de la Inmaculada Concepción. El pueblo de San Gaspar, por su parte, tenía como defensores titulares a los santos Reyes.
Otros cuatro tenían sus hospitales o iglesias bajo el manto guardián de advocaciones marianas. La parroquia de la villa española de Lagos tenía como titular a la virgen de la Asunción. El hospital de San Juan de la Laguna, pueblo de indios de dicho curato, y Mitic, pueblo sujeto a Jalostotitlán, tenían a la Inmaculada Concepción como devoción principal. Mezquitic hacía lo propio con Nuestra Señora de la Natividad. Finalmente, la parroquia de Jalostotitlán era el único templo que tenía a una advocación cristológica como titular: la Transfiguración de Nuestro Señor.45
Para 1648, estos patronos y patronas todavía estaban presentes en los nombres de ciertos asentamientos. En algunos casos sus imágenes sobrevivían, como vestigios de un pasado reciente, en las iglesias parroquiales y los hospitales de indios. La capilla de San Gaspar tenía en su altar mayor un retablo con un óleo que representaba la “Adoración de los Reyes” al niño. En Teocaltiche, una talla de san Pedro era la figura principal de la parroquia.46 En otros pueblos, estos patronazgos ya habían sido opacados por otras imágenes. En Jalostotitlán, el altar mayor estaba dedicado a una imagen de la Limpia Concepción. Mientras que el “lienzo grande” de la Transfiguración, titular de la parroquia, había sido desplazado a un altar secundario carente de ornamentos.47
Para la medianía del siglo XVII, el auxilio espiritual de estos patronos se complementaba con otro tipo de figuras “protectoras”. En los hospitales de Jalostotitlán y San Juan, igual que en la parroquia de Lagos, se registró la presencia de imágenes de culto de san Nicolás Tolentino y san Sebastián.48 El culto a san Nicolás se había arraigado entre los novohispanos por considerarlo un santo eficaz ante las epidemias y un guardián eficiente frente a los desastres naturales, especialmente contra temblores.49 San Sebastián, por su parte, era considerado “abogado de los cocolistes”, enfermedad que azotaba constantemente a las comunidades indígenas.50 Era, también, muy socorrido en situaciones bélicas. De ahí que tuviera una presencia tan importante en Lagos, donde fue nombrado su primer patrono en el marco de la guerra chichimeca, y se le edificó una ermita extramuros de la villa.51
Sin duda, el fervor a patronos o patronas y a los santos como san Nicolás o san Sebastián era significativo para el ciclo festivo de las comunidades alteñas de aquel tiempo. No obstante, por la cantidad de imágenes contabilizadas en cada iglesia y hospital, los registros de Colmenero reflejan que la devoción a la virgen María era la más importante en la región en 1648. De las tres sedes parroquiales y los siete pueblos visitados por la comitiva del prelado, sólo San Gaspar y San Miguel, sujetos a Jalostotitlán, carecían de imágenes marianas. Sin embargo, existe evidencia de que hacia 1618 el hospital de San Gaspar estaba dedicado a “Nuestra preciosa madre”.52 El de San Miguel, aunque en sus altares contara únicamente con una pintura del arcángel, llevaba el título, según el visitador Diego de Herrera, de “Nuestra Señora de la Concepción”.53 Por ello, ambos hospitales habían sido fundados, presumiblemente, como todos los demás de la región, bajo dicha advocación mariana.
El hospital de los indios de Jalostotitlán tenía como figura principal a la Inmaculada Concepción. En él había tres imágenes de la misma advocación con vestido y corona, listas para salir en procesión.54 En Mezquitic, la imagen titular de Nuestra Señora de la Natividad convivía con otras tres de la Concepción de “talla decente” resguardadas en su hospital. La capilla de Mitic estaba dedicada enteramente a dicha advocación mariana. En Teocaltitán el lienzo de santo Santiago, su patrono, estaba acompañado de tres tallas dedicadas a la Concepción, todas con corona de plata y vestidas con decencia.55 Nuestra Señora de San Juan, la virgen revelada milagrosa en el pueblo del mismo nombre, ostentó, con un alcance más regional, el título de Inmaculada Concepción desde 1666.56
La identificación mariana de los asentamientos alteños tenía un trasfondo histórico y estaba vinculada al proceso de evangelización tras la guerra del Mixtón. Los frailes que catequizaron la región alteña y el resto de la Nueva Galicia se inclinaron por la Purísima Concepción como ícono general para los hospitales de los indios.57 Lo hicieron, en opinión de Mario Alberto Nájera, porque era “algo que estaba más cerca del imaginario mítico religioso de los naturales”.58 Pero, aunque la filiación mariana de la región alteña descansaba principalmente en el ambiente indígena, también tenía presencia en el mundo español. El altar principal de la parroquia de Jalostotitlán, como vimos, lo encabezaba una Purísima en detrimento del patrón original. Las iglesias de Lagos y Teocaltiche igualmente tenían altares secundarios dedicados a la misma advocación.59
En resumen, los registros de la visita pastoral de 1648 dibujan una región alteña con un mosaico devocional bastante limitado. En algunos pueblos apenas sobrevivían las figuras de patronos y patronas titulares. Éstos, y los pocos santos auxiliares que se veneraban en los rústicos altares de ciertos hospitales y parroquias, se veían opacados en cantidad y, quizá también en interés, por las hegemónicas devociones marianas, dedicadas principalmente a la Purísima Concepción. Por tanto, puedo decir que los parroquianos de Lagos, Jalostotitlán y Teocaltiche de mediados del siglo XVII se acogían, especialmente, a la protección de la Madre de Dios concebida sin pecado original.
En números: cambios poblacionales y el auge de las cofradías alteñas en el siglo XVIII
Para el primer tercio del siglo XVIII, la región alteña se consolidó como una de las productoras de bienes agroganaderos más importantes del virreinato. A la par del proceso económico, los pueblos y las villas de la zona sufrieron una profunda transformación social. Los indios se mantuvieron como el mayor grupo poblacional en Lagos (37 %) y Jalostotitlán (40 %), pero la distancia con los otros se acortaba significativamente.
En Lagos, entre 1713 y 1720, los nacimientos de mestizos aumentaron a 26 %, lo que los convirtió en el segundo grupo étnico más numeroso. Los mulatos libres representaban el 17 %, y los españoles, con sólo el 12 %, eran la cuarta calidad étnica del curato. Los esclavos completaban el mosaico poblacional laguense con el 4.5 % del total.60 En Jalostotitlán, los españoles crecieron significativamente hacia la década de 1770, representaban el 29 % de la población, frente al 8 % registrado en 1650. Los mulatos pasaron del 8 % al 19 % en ese mismo periodo. Los mestizos, aunque aumentaron a 10 %, continuaron como la comunidad más pequeña de la parroquia.61
A pesar de ser vecinas, las jurisdicciones de Lagos y Jalostotitlán tenían contextos étnico-poblacionales un tanto distintos. Las productivas haciendas laguenses atraían trabajadores del Bajío y de otras regiones, y así aumentaban su diversidad y mestizaje. En Jalostotitlán, se desarrolló un sistema cuasi endogámico, donde los matrimonios, particularmente de los estancieros españoles, se daban casi siempre con personas de su misma calidad.62 Los indios jalostotitlenses también contribuyeron al fortalecimiento de esta endogamia regional, pues ellos de igual forma se “mezclaban en menor frecuencia”.63
Esta nueva configuración social, espacial y étnica provocó que más estancieros españoles, junto con sus trabajadores y esclavos, se domiciliaran en las sedes parroquiales de Teocaltiche y Jalostotitlán. Ambas se unieron a la de Lagos que desde un siglo antes ya mostraba una amplia coexistencia multiétnica. El aumento demográfico en la región y estas transformaciones socioespaciales impactaron, sin duda, en el aspecto devocional.
Entre los pobladores alteños se presentó la necesidad de ampliar el número de protectores celestiales para sus comunidades y estamentos étnicos. Esta necesidad se evidenció a partir del considerable aumento del número de cofradías fundadas en las parroquias entre la medianía del siglo XVII y el inicio de la centuria siguiente. La cabecera parroquial de Teocaltiche, por ejemplo, pasó de tener únicamente dos cofradías en 1648 a nueve en 1708. La de la villa de Lagos aumentó de tres a siete y el pueblo de Jalostotitlán de dos a cuatro durante el mismo periodo.64
Las cofradías en la sociedad novohispana eran organizaciones religiosas en las cuales los individuos, generalmente seglares, buscaban, bajo una autorización episcopal, “promover la vida cristiana, los actos devocionales y las obras de asistencia caritativas y sociales”.65 Aunque parecían ser organismos replicantes pues su presencia en las villas y pueblos de la Nueva España fue universal, las cofradías se particularizaban a partir de las características culturales de las regiones en las que se establecían. Por tanto, probablemente ni los novohispanos pudieran ofrecernos “una definición unánime y común de lo que era una cofradía”.66
Como entes multifacéticos y polivalentes, estas asociaciones incidían en la vida cotidiana de los fieles en lo social, lo económico y, por supuesto, en lo devocional. Su primera función, quizá la más esencial, era “brindar asistencia caritativa y contribuir al mejoramiento espiritual de sus miembros”.67 Además, las cofradías, sobre todo las rurales, auxiliaban, directa o indirectamente, el mantenimiento de los templos y cleros locales. En la mayoría de los casos estas organizaciones eran las que sufragaban las fiestas religiosas en los pueblos.
En las tres parroquias alteñas de este trabajo, las cofradías, sobre todo las españolas del Santísimo Sacramento y las Ánimas, fueron agentes activos, y decisivos, en la economía local durante el siglo XVIII. Pero más significativa fue su participación en la forja, la preservación y la transformación de las identidades devocionales de los pueblos y los grupos sociales que en ellos residían. Las cofradías alteñas, indias, españolas, y las pocas mestizas y mulatas, se encargaban de promover sus advocaciones titulares a través de la conmemoración y la fiesta.68 Eran, en pocas palabras, los vehículos idóneos para establecer, consolidar y promover nuevas devociones en las comunidades.
Con base en los registros de cinco visitas pastorales a la región alteña, puedo decir que entre 1708 y 1800 se erigió un total de 59 diferentes cofradías en los curatos de Lagos, Teocaltiche y Jalostotitlán. De ellas, el 51 % había sido fundado por y para los indios, el 46 % era de españoles o criollos, y el 3 % pertenecía a otros grupos sociales. Estos datos demuestran que en el ámbito festivo, cofradiero y devocional alteño del siglo XVIII existían básicamente dos mundos. Por un lado, estaban los indios y, por el otro, los españoles y criollos a los que se les sumaban también los pocos mestizos y mulatos de la región.
En Lagos, 63 % de las cofradías eran españolas, 25 % eran de los indios y 12 % eran instituciones fundadas por los mulatos y mestizos del curato. En la jurisdicción de Jalostotitlán, esencialmente indígena, las cofradías de los naturales era 67 % del total, frente a 33 % de las españolas. La parroquia de Teocaltiche es quizá la de mayor equilibrio, los indios tenían el 55 % de las cofradías y los españoles el 45 %.69
En cuanto a las advocaciones titulares de dichas cofradías los números son reveladores. En primer lugar, el 57 % de ellas estaba dedicado a alguna imagen mariana: 42 % en solitario, 12 % junto con otra imagen y 3 % con el título de “pueblo”. La advocación más común era, quizá por herencia del siglo anterior, la de la Inmaculada o Purísima Concepción. En 12 de los 15 pueblos alteños de este estudio, incluidas las tres sedes parroquiales, hubo presencia de una cofradía dedicada a dicha advocación en algún momento del siglo XVIII.
Los santos, con el 15 %, fueron la segunda advocación preferida por los alteños para sus cofradías y hermandades. El otro 13 % estuvo dedicado a devociones cristológicas.70 Las imágenes de Cristo eran usadas mayormente en las procesiones de la Semana Santa; por tanto, las cofradías dedicadas a Jesús se asentaron casi exclusivamente en las sedes parroquiales y en el santuario de San Juan de los Lagos.
Las cofradías con menor presencia numérica en la región fueron las dedicadas a las Benditas Ánimas y al Santísimo Sacramento. Éstas eran las más antiguas e integradas exclusivamente por españoles y criollos. De la segunda sólo hubo tres, una en cada iglesia parroquial. De la primera existieron cuatro, pues también se erigió una en el santuario de Nuestra Señora de San Juan. Aunque eran pocas, por su arraigo e importante función social, poseían un gran capital y se convirtieron en las principales fuentes de crédito en sus jurisdicciones a lo largo de la centuria.71
De manera general, los números de las cofradías muestran la continuidad de una hegemonía mariana en estas tres parroquias alteñas durante el siglo XVIII. Los datos también acreditan una cantidad menor, y muy similar entre sí, de cofradías cristológicas y aquellas dedicadas a algún santo. Sin embargo, cada curato, como vimos, tenía contextos espaciales y socioculturales distintos, lo cual provocó que los tres desarrollaran un fenómeno devocional cofradiero propio.
Los titulares de las cofradías alteñas y los panoramas devocionales en el siglo XVIII
Las visitas pastorales del siglo XVIII revelan dos ámbitos principales de devoción cofradiera en la región alteña: uno español o criollo y otro indígena. Ambos, también, se desarrollaban fundamentalmente en dos espacios físicos: las sedes parroquiales y los pueblos de indios. Las primeras tenían una mayor diversidad étnica y, por ende, devocional. Los segundos mantuvieron durante toda la centuria una esencialidad indígena y su cantidad de cofradías y devociones fue más limitada.
Desde inicios del siglo XVIII, en las sedes parroquiales de Jalostotitlán y Teocaltiche, otrora pueblos de indios, coexistían las cofradías y devociones españolas, fundadas en las parroquias, con las indias asentadas en las capillas de los hospitales. En la villa de Lagos, por su parte, cohabitaban las cofradías y devociones españolas de la parroquia con un par fundado por los mestizos y mulatos que pronto tuvieron ermitas propias. El ámbito indígena laguense estuvo confinado a los pueblos de indios de Moya, San Juan de la Laguna y San Miguel de Buenavista.
La jurisdicción de Jalostotitlán fue la que menos actividad cofradiera mostró a lo largo de la centuria. Sus cofradías, además, estuvieron acotadas a las figuras de María y Jesucristo; pues fue el único de los curatos, incluidos sus pueblos de indios, en el que no se erigió oficialmente alguna cofradía dedicada a un santo o santa.72 La iglesia parroquial se mantuvo bajo una titularidad cristológica durante el siglo XVIII: pasando de conocerse como la Transfiguración del Señor a, simplemente, San Salvador o Divino Salvador de Jalostotitlán.73 Además, la cofradía más estable erigida dentro del templo parroquial estuvo dedicada a un Jesús Nazareno. Los cofrades españoles de Jalostotitlán celebraban a este Nazareno, con misa cantada y vísperas, cada 4 de mayo.74 Fundada en 1673, la cofradía nazarena se mantuvo activa y en buena forma económica hasta, por lo menos, los inicios del siglo XIX.75
Al igual que la iglesia parroquial, los hospitales de indios del curato jalostotitlense mantuvieron la esencia devocional de la centuria anterior, pero, en su caso, fue la mariana. Las cofradías de los hospitales de Mitic, San Gaspar y Teocaltitán continuaron celebrando a la Inmaculada Concepción como su titular durante todo el siglo XVIII. En otros pueblos de la jurisdicción ocurrieron cambios menores de advocación. Hacia 1715, los indios del hospital de Jalostotitlán convirtieron a su Purísima en una virgen de la Expectación. Esta última devoción se mantuvo como titular de la cofradía hospitalaria jalostotitlense durante el resto del periodo virreinal.76
En el pueblo de Nuestra Señora de San Juan, sede parroquial desde 1769, la cofradía del hospital pasó de la Purísima Concepción a la virgen de la Expectación en 1728,77 la cual no funcionó, pues unos años después se “transformó” en una en honor a Nuestra Señora de la Presentación. El hospital de San Miguel también pasó de la Inmaculada a ser dedicado a la virgen de la Visitación. Finalmente, los indios de Mezquitic, aunque fundaron una cofradía a un Jesús Nazareno a principios del siglo, terminaron por volver a dedicar su cofradía y hospital a una imagen mariana con título de la Purificación.78
En Teocaltiche, el otro curato asentado en un pueblo de indios, la dinámica fue distinta, allí el culto a los santos estaba muy presente en el ambiente cofradiero de la cabecera. De hecho, algunos santos estuvieron tan arraigados en la comunidad que su culto se manifestó materialmente en el pueblo. En la visita pastoral de 1708 se registró la presencia de una hermandad dedicada a san Sebastián, protector ante las epidemias. En 1754, tras una visita posterior, ya aparecía como cofradía con una ermita propia. Sin embargo, lo más interesante fue la temprana presencia del culto a san José en Teocaltiche, una devoción que tardaría décadas en llegar a los otros curatos. Desde principios del siglo XVIII ya se le levantaba una iglesia dentro del pueblo al patriarca. Unas décadas después, contaba ya con cofradía asentada en su templo, administrado, en ese entonces, por padres oblatos.79
El fervor cofradiero teocaltichense a estos dos santos fue acompañado por otros más, que, sin embargo, no terminaron por consolidarse en el panorama devocional local. En 1728, se registró la existencia de una hermandad efímera dedicada a san Diego, que, a juzgar por los registros posteriores, terminó por desaparecer. En ese mismo año también se consignó la presencia en la parroquia de una cofradía a san Miguel; esta fundación, a pesar de estar activa a lo largo del siglo, terminó por ser extinguida por el obispo Cabañas en 1798 al no tener fondos ni fiesta.80
En Teocaltiche, además del culto a los santos, prosperó, gracias a una cofradía, la devoción a un Jesús Nazareno, que llegó a convertirse en santuario. Desde 1663, el Jesús Nazareno teocaltichense contaba con capilla propia, a cargo de la parroquia.81 A mediados del siglo XVIII, la imagen atrajo a más devotos debido a su fama taumaturga, pero su capilla estaba por derrumbarse. En 1743, Lucas López de Fonseca, un rico devoto de Aguascalientes, ofreció al obispado construir un nuevo templo en los terrenos del antiguo cementerio, y dotar al culto de dos capellanes para cantar las misas de la cofradía. A cambio, solicitó que la nueva capilla fuera independiente de la parroquia y que rindiera cuentas sólo al obispado.82
Juan Gómez de la Parada, entonces prelado de Guadalajara aceptó la osada propuesta. El 16 de septiembre de ese año emitió un auto en el que elevó la capilla a santuario y lo dotó de independencia frente a la parroquia.83 La decisión del obispo desencadenó un largo pleito entre López de Fonseca y Juan Manuel Rodríguez del Castillo, cura de Teocaltiche. Un conflicto que escaló hasta la Corte y que el primero terminó por ganar. Con la resolución, Teocaltiche se convirtió en la sede del segundo santuario, y primer cristológico, instituido en la región alteña.
Al igual que en Jalostotitlán, la devoción mariana en Teocaltiche subsistió y prosperó, especialmente en el ámbito indígena. A diferencia del curato vecino, la presencia de devociones y cofradías marianas fue más numerosa. Aunque la totalidad de los hospitales de indios teocaltichenses se mantuvo afiliada principalmente a la Purísima Concepción, dentro de ellos también se fundaron otras cofradías marianas. Por ejemplo, la cofradía de la Concepción del hospital de la cabecera compartió altar, durante todo el siglo XVIII, con otra dedicada a Nuestra Señora de San Juan, la advocación mariana regional.84
El culto a Nuestra Señora de la Soledad, una advocación a priori más ligada a los españoles por su relación con los oficios de Semana Santa,85 permeó fuertemente entre los indios del curato de Teocaltiche durante todo este periodo. Por lo menos desde 1708, existían cofradías indígenas dedicadas a dicha devoción mariana en la parroquia y en los hospitales de Huejotitlán y Mechoacanejo. Si bien para finales de siglo las cofradías de la Soledad de Mechoacanejo y de la parroquia ya no contaban con fondos, la de Huejotitlán mantenía un patrimonio de 24 reses, 10 caballos y una mula.86
Al igual que en los otros dos curatos, los registros de las visitas pastorales a la parroquia de Lagos revelan dos realidades muy claras: la de los pueblos de indios y la de la villa. El ámbito indígena de Lagos, muy restringido, como vimos, a los pueblos de su contorno, se mantuvo muy estable devocionalmente hablando. Los pueblos de Moya y San Juan de la Laguna permanecieron fieles a su identificación mariana. Los indios residentes de Moya tuvieron siempre a la Purísima Concepción como la titular de su templo y cofradía. Los habitantes de San Juan de la Laguna, posiblemente desde el inicio de la centuria, mudaron su cofradía de advocación y la dedicaron a Nuestra Señora de la Asunción.87
Por su diversidad de actores, el tema devocional era más complejo al interior de la villa laguense. A juzgar por los datos de las visitas pastorales, el templo parroquial, dedicado desde su fundación a Nuestra Señora de la Asunción, carecía de una figura devocional que despertara una particular actividad votiva entre los residentes españoles de la villa. En sus altares estaban fundadas cofradías destinadas más a las funciones sociales que a las devocionales, como la del Santísimo Sacramento, la de las Benditas Ánimas o las de Semana Santa. Quizá la devoción más constante y visible dentro de la parroquia laguense fue la de Nuestra Señora del Rosario. A pesar de que nunca contó con una cofradía en solitario,88 la advocación despertó cierto fervor en los parroquianos. Prueba de ello es la existencia de una capilla en su honor a un costado de la puerta de la iglesia parroquial, pero “en separación de ella”, registrada en la visita pastoral de 1759.89
La diversidad étnica de la villa laguense marcó su panorama cofradiero y devocional. Hasta el primer tercio del siglo XVIII, los altares de la parroquia de Lagos también habían sido hogar de cofradías no españolas como la de san Nicolás Tolentino, la santa Veracruz y la de san Felipe de Jesús. La primera había sido fundada a principios del siglo XVII por los esclavos y mulatos libres laguenses, pero rápidamente fueron “despojados” de ella por los españoles, por lo que debieron erigir la segunda. La tercera, dedicada al fraile mártir y primer santo novohispano, fue constituida por los mestizos locales en 1729. Ambas cofradías no españolas, sin embargo, terminaron por abandonar más pronto que tarde la iglesia parroquial. Entre 1717 y 1728, los negros y mulatos de Lagos levantaron una capilla para su cofradía cristológica.90 Los mestizos hicieron lo propio, construyeron un templo a san Felipe de Jesús que para la visita pastoral de 1759 ya estaba terminado.91
Debido a su estratégica ubicación geográfica, que la situaba entre los caminos más importantes del virreinato, la villa de Lagos también fue una temprana puerta de entrada del culto guadalupano a la región alteña. Sabemos, gracias a la visita del obispo Gómez de Cervantes, que la capilla de la cofradía afrolaguense de la santa Veracruz estaba dedicada a Nuestra Señora de Guadalupe desde, al menos, 1728.92 Esto la convierte en una de las primeras capillas de dicha advocación construidas en la Nueva Galicia. Precediendo a las ermitas y santuarios que se edificarían en todo el obispado tapatío tras el nombramiento de la Guadalupana como patrona de la Nueva España en 1754.93
Palabras finales
Si partimos de un análisis general, parecería que los curatos de Jalostotitlán, Lagos y Teocaltiche presentaron un devenir socioeconómico similar en la época novohispana. Los tres pertenecieron a la misma región cultural en la que a lo largo del periodo se le forjaron características propias, vinculadas con el trabajo del campo y la crianza de ganado en los ranchos y las estancias de la zona. En lo económico, sus exportaciones de ganado mayor, y tener en San Juan un santuario mariano muy visitado, dotaron a la región de una fama bien ganada de riqueza. En el plano devocional, tema central de este trabajo, las tres jurisdicciones también tuvieron un desarrollo análogo, pero con ciertas divergencias.
La coincidencia religiosa más importante fue la estabilidad devocional en sus pueblos y hospitales de indios. Las visitas pastorales demuestran que los naturales de Teocaltiche, Lagos y Jalostotitlán mantuvieron a la virgen María como su principal figura devocional a lo largo del periodo virreinal. Jalostotitlán, al centro de la región alteña, fue la jurisdicción con menos cambios. Contaba además con un ambiente indígena marcadamente mariano, con una iglesia parroquial que hasta finales del siglo XVIII seguía dedicada a su devoción cristológica fundacional.94
Las diferencias geográficas, étnicas y sociales entre estas tres comunidades, sin embargo, provocaron variaciones significativas en la elección de las figuras devocionales para sus altares y cofradías. Estos contrastes, sutiles si se quiere, permitieron, según el concepto de William Christian, la forja germinal de tres religiosidades locales distintas. Semejantes en las prácticas devotas, pero disímiles en los tipos de íconos elegidos. Lagos y Teocaltiche fueron los dos curatos que, por su situación geográfica “fronteriza”, estuvieron más abiertos a una mayor diversidad de advocaciones, sobre todo para los templos y cofradías de españoles.
Lagos, recordemos, estaba situado justo en la intersección entre los caminos que conectaban a las minas zacatecanas con la ciudad de México y Guadalajara. El intercambio de mercancías y el vaivén de personas provocó, seguramente, que ahí llegaran, antes que a cualquier otra comunidad de la región alteña, los cultos a san Felipe de Jesús y a la virgen de Guadalupe. Teocaltiche, por su parte, también tenía una situación geográfica particular. Aunque sus caminos no eran tan transitados, el contacto con las haciendas al sur de las minas zacatecanas posibilitó, quizá, el asentamiento temprano, y con templo propio, del culto a san José.
Era de esperarse, entonces, que justo en esas dos comunidades “fronterizas” se iniciara un cambio devocional. Gracias a la promoción de un particular, como vimos, el culto al Jesús Nazareno de Teocaltiche, ya transformado en santuario, empezó a despegar hacia la segunda mitad del siglo XVIII. Pero su franco camino por convertirse en el principal ícono devocional teocaltichense fue truncado en 1775. Ese año, en una clara respuesta a su derrota en el conflicto por la independencia del santuario, el párroco del pueblo, respaldado por algunos vecinos, promovió la jura a la virgen de los Dolores como patrona del curato.95
En Lagos, también una antigua imagen de un Jesús Nazareno, que pertenecía a una de las cofradías de Semana Santa, comenzó a despertar cierta devoción a finales del siglo XVIII. Pronto, en la década de 1770, se le construyó una capilla en el lugar que luego se conocería como el Calvario.96 En 1784, como evidencia de un naciente fervor popular, un “devoto deseoso de sus Cultos” mandó escribir e imprimir una novena para el “Divino Jesus, con la cruz al ombro que se venera[ba] en el Calvario de la villa de Lagos”.97
En 1801, a estos dos cultos cristológicos se le sumaría la erección episcopal de un santuario dedicado al Sagrado Corazón de Jesús en Mexticacán, un pueblo, también alteño, situado a unas leguas de Teocaltiche. Durante las siguientes décadas, ya en el México independiente, en decenas de comunidades de Los Altos de Jalisco las advocaciones de Cristo, algunas nuevas y otras con pasado colonial, comenzarían a ganar importancia en menoscabo de las antiguas advocaciones virreinales, sobre todo las marianas e indígenas.
Estos nuevos íconos devocionales alteños se convirtieron, a diferencia de los coloniales, en símbolos aglutinadores de los distintos grupos etnosociales locales. Hacia la segunda mitad del siglo XIX, las devociones cristológicas de Mexticacán y Lagos, por ejemplo, fueron fundamentales en la construcción identitaria de sus comunidades. Ya no de los criollos, mulatos o indios, sino de todos los mexticacanenses y laguenses.
En esa coyuntura, “lo indígena”, muy presente en la región durante las centurias anteriores, poco a poco se fue invisibilizando en todos los aspectos, incluido el devocional. Mucho tuvo que ver que, en los mitos fundadores de sus nuevos protectores celestiales, generalmente apariciones o revelaciones taumaturgas, o en la promoción de éstas, fueron rancheros alteños, es decir, criollos o mestizos, y no los indios, los grandes protagonistas.
Finalmente, este trabajo es una muestra de que la “ferviente religiosidad alteña”, todavía presente en la identidad local, va más allá de ser una herencia de la mitológica esencialidad criolla de sus habitantes. Por el contrario, las imágenes, principales y secundarias, que hoy se festejan en las históricas parroquias alteñas son los principales vestigios de que en la época virreinal existía una sociedad diversa étnicamente. No obstante, el análisis de los matices de este cambio devocional, y su vínculo con la criollización de la memoria colectiva de los alteños, constituye un tema complejo que merece un texto propio.










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